Huellas del terrorismo: dolores que no se van

Publicado: 7 octubre, 2014 en Cuba, Sociedad

Ada Mendoza Vergara con su esposo

Por Ana Margarita González y Rafael Hojas Martínez

La explosión en pleno vuelo de una aeronave de Cubana de Aviación en Barbados, el 6 de octubre de 1976, se inscribe como uno de los crímenes más horrendos de la historia, dadas las circunstancias del hecho y la muerte de 73 personas inocentes; mas en otros miles de hogares cubanos todavía se llora por la pérdida de algún familiar a causa de actos terroristas cometidos dentro y fuera de Cuba.

Retrotraer esos momentos de dolor es lastimar la herida que nunca sanó. Es ver lágrimas donde nunca más hubo paz, es conocer de cerca el terror, la impotencia, la muerte. Saber de vidas que no pudieron rehacerse y de familiares que aprendieron a vivir solo con el recuerdo de quienes cayeron por el odio, el egoísmo y la maldad.

“Han transcurrido 38 años de aquel suceso fatal, y para mí Sergio no ha muerto. Lo imagino cumpliendo su misión, en sueños lo veo como si viniera, y es terrible saber que no está; vivo en esa expectativa, no puedo quitarme ese sufrimiento”.

Ada Mendoza Vergara, la viuda de Sergio Armando Pérez Castillo, recuerda que fue cinco minutos después de las 12 de la noche del 4 de abril de 1972. El joven, que había nacido el 27 de octubre de 1946 en el barrio La Bomba del central Marcané, hoy Loynaz Echeverría, de Mayarí, actual provincia de Holguín, hacía su guardia en la Oficina Comercial de Cuba en Canadá, ubicada en el duodécimo piso de un edificio de tiendas y bares.

“La explosión de una bomba de alto poder arrancó la puerta de la oficina, esta se impactó contra él y le cortó la vena femoral. Aún en esas condiciones se arrastró con la pistola en la mano para cuidar la entrada. Su salud se fue deteriorando, desangrándose, hasta que llegó la policía”.

Denuncia de un crimen

“Dicen los testigos que la policía canadiense en vez de auxiliarlo, lo maltrató, lo mismo hicieron con los demás, les dieron golpes, acabaron con ellos. Los metieron presos y hasta que Fidel no hizo la denuncia ese mismo día en las conclusiones del II Congreso de la UJC, no los soltaron. Sergio murió en el camino al hospital.

“Recuerdo que Fidel habló de la postura asumida contra el personal cubano allí, y advirtió que si no se tomaban medidas, ‘a la embajada de Canadá en Cuba no le quedará otra seguridad que la que se derive de la decencia de este gobierno revolucionario’. A partir de entonces fue que el Gobierno de ese país envió condolencias a los familiares y a nuestro Estado.

“Por aquellos tiempos cada vez que se celebraba una fecha importante para la Revolución o se festejaba algo en Cuba, los enemigos tenían un pretexto”. El 5 de julio de 1971 un agente de la CIA colocó una bomba ante la misma puerta de aquella oficina en Canadá, que fue desactivada por la inmediata actuación de Sergio, quien de una patada la lanzó escaleras abajo.

“Imagínense lo que pudo suceder, porque eran las 12 del día, todos estábamos trabajando; yo laboraba en el círculo infantil donde permanecían nuestros hijos, en el mismo piso que nosotros. La prensa canadiense reportó el suceso.

“Evidentemente eso advirtió a los terroristas; en el próximo atentado mataron a Sergio. Al parecer dinamitaron el techo del piso 11, pues alguien lo había alquilado. Los medios de comunicación también lo publicaron, con muchas fotos, incluyendo la de la pistola, que tenía impreso el nombre de mi esposo.

“Yo estaba en mi casa con el niño de cuatro años. El otro cubano que lo acompañaba llamó por teléfono al resto del personal para decirles lo que había sucedido en la oficina. Cuando avisaron al matrimonio que vivía en los altos de mi apartamento, él salió corriendo para el lugar del suceso y ella, Miriam, vino para mi casa, pensando que Sergio estaba vivo.

“Pero él siempre me había dicho: ‘Si ocurre cualquier cosa —porque ya lo esperaba—, quiero que no me molestes, que no me hagas perder tiempo, ni me estés llamando, ni te pongas nerviosa, pues pase lo que pase alguien te informará lo sucedido.

“No pude evitarlo, estaba nerviosa, constantemente sonaba el teléfono, Miriam era quien lo cogía y me decía que no me preocupara que Sergio estaba vivo; me tranquilicé un poco, pero al rato los cubanos fueron reuniéndose en mi casa; todas las caras estaban tristes, algunos comentaban de los maltratos recibidos. De Sergio nadie hablaba.

“Y comencé a preguntar; hasta que llegó un compañero, con su esposa y los dos hijos. A ella parecía que le había caído una bomba encima, venía destruida. Le pregunté: ‘¿Tú estuviste preso? ¿Viste a Sergio?’ Me pidió que hiciera un poquito de café; cuando lo traje, se viró para mí y me dijo: ‘Sergio está muerto’. Se me unió el cielo con la tierra.

“Me pidieron que me sentara con ellos a escuchar a Fidel. El Comandante en Jefe habló de Sergio —nacido en el seno de una familia humilde—, de sus virtudes como joven revolucionario, que lo había conocido en Birán.

“Al otro día nos notificaron que el cadáver iba a ser devuelto. Cuando llegué a la morgue, acompañada de un representante de Cuba, el que nos estaba esperando parecía agente de la CIA, y refutó cuando le dijeron que yo era la viuda. Me habían advertido que no podía flaquear ni llorar; en medio de todo aquello me mantuve firme, no derramé ni una lágrima.

“Nos condujeron a aquel lugar y con muy mala forma haló la gaveta para mostrarme el cadáver. Lo vi tal y como había quedado: los ojos abiertos, la boca y los pelos del pecho con sangre. Lo abracé, le pasé la mano y le di muchos besos. Entonces, el hombre me apremió para que pasara a escoger el ataúd donde se iba a colocar el cadáver. Me enseñaron cajas y cajas, todas lujosas y con unos precios que no se podían pagar.

“Pensé en las tantas veces que Sergio había dicho que las cosas se las dieran en vida, que después de muerto no quería nada. Se hicieron algunos trámites y finalmente pedí una verde olivo; él me había pedido que si al morir yo estaba a su lado lo vistieran de ese color. Allá le pusieron la ropa que yo les di; viajé con el cadáver, mi hijo y compañeros del consulado. Cuando llegamos aquí, en la funeraria de Calzada y K, un primo suyo le puso el uniforme”.

Las organizaciones terroristas Joven Cuba y el Directorio Revolucionario Estudiantil (DRE) se adjudicaron la colocación del artefacto explosivo. La acción fue realizada por el terrorista Juan Felipe de la Cruz, quien murió meses después en un hotel de París, al estallar la bomba que preparaba para colocarla en la embajada cubana en esa ciudad.

Ada Mendoza Vergara

Ojalá más nadie pase por esto

Otro momento muy difícil para Ada fue el de contarle al hijo la verdad sobre la ausencia del padre. “Cuando veníamos en el avión, el niño estaba contento por llegar a Cuba, y preguntaba por su papá; le decía que tenía que quedarse trabajando y veníamos porque su abuelito estaba muy enfermo.

“Como a los tres meses, un día que fui a recogerlo al círculo infantil, aquí en La Habana, le dije: ‘Tu papá murió’, y le expliqué cómo sucedieron los hechos. Estaba ahogada en llanto; él me abrazó y dijo: ‘Mami no llores más, que a mi papá no le gustaría verte llorando’.

“Nunca más preguntó por él, pero en la actualidad, un día que hablamos sobre aquel suceso me aseguró: ‘Todavía no sabes cuánto siento no tener un padre, ni siquiera me pusiste un papá para que hiciera su función’. Y le contesté: No puedo mi hijo, nunca más he podido vivir acompañada por un hombre que no sea tu papá”.

Cuenta Ada que Sergio era un muchacho de campo, activo, alegre, bonachón, jodedor y muy revolucionario. No había un compañero que enfermara y no corriera por él. Se conocieron siendo adolescentes, se casaron. “Hicimos una familia muy unida: los suyos y los míos; después de su muerte la vida nos sumió en la depresión. De tanta tristeza, sus padres enfermaron del corazón, y yo comencé a padecer de todo.

“Luego seguí trabajando en Comercio Exterior. Pedí ocupar su lugar en cualquier otra representación cubana, y estuve alrededor de un año en la sede diplomática de Cuba en Perú. Estaba allá cuando también explotó otra bomba en nuestras oficinas e hirió gravemente a una compañera. Las enfermedades me impidieron continuar y me acogí a la pensión de mi esposo”.

A pesar de todo, Ada Mendoza agradece esta entrevista porque es una forma de ser útil a los jóvenes y de homenajear a su esposo. “¿Qué más puedo hacer? Recordarles cómo sucedieron los hechos, para que ojalá, algún día, nadie más tenga que pasar por estas cosas. Son dolores que no se van”.

(Tomado de Trabajadores)

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