Pese a los eufemismos, los disfraces legales y el torcido énfasis mediático del imperio, el «embargo», tiene un nombre aun más fuerte que bloqueo

Gabriel García Márquez, que vivió en este mundo lo humano y lo divino, y lo contó como nadie, dejó estampado en una crónica su tropiezo con el muro a inicios de los ‘60: «Yo tomé conciencia del bloqueo de una manera brutal, pero a la vez un poco lírica, como había tomado conciencia de casi todo en la vida. Después de una noche de trabajo en la oficina de Prensa Latina, me fui solo y medio entorpecido en busca de algo para comer».

Por fin, el Gabo encontró una fonda y, tras el encuentro con una dulce cubana que   empuñaba un fusil y hasta llegó a encañonarlo, le pidió a un dependiente que lustraba los vasos: «…huevos fritos con jamón, café con leche y pan con mantequilla y un jugo fresco de cualquier fruta.

«El hombre me dijo, con una precisión sospechosa, que no había huevos ni jamón desde hacía una semana, ni leche desde hacía tres días, y que lo único que podía servirme era una taza de café negro y pan sin mantequilla y, si acaso, un poco de macarrones recalentados de la noche anterior.

«Sorprendido, le pregunté qué estaba pasando con las cosas de comer y mi sorpresa era tan inocente, que entonces fue él quien se sintió sorprendido: No pasa nada —me dijo—, nada más que a este país se lo llevó el carajo».

El dependiente, que decidió quedarse en La Habana cuando toda su familia desfiló hacia Miami, se equivocó en la respuesta: el país estaba bloqueado, en cambio su gente lo sostuvo en peso y no dejó que carajo alguno, mucho menos carajo yanqui, lo llevara a ningún lado. Eso sí, el costo de la porfía nos ha resultado alto en extremo.

La primera piedra

Aunque formalidades documentales sugieran que fue establecido en febrero de 1962, el bloqueo empezó antes, de a poquitos, como comienza toda idea maligna: supresión de la cuota azucarera, corte de suministro y refinación petrolera, cancelación de repuestos a la industria nacional, amenazas a terceros, aislamiento diplomático… y el ponzoñoso tejido de una red legal de ilegalidades que pretenden justificar frente al mundo —cada vez con menos éxito— el sistema de sanciones más extenso, severo y desalmado que se haya conocido.

Ninguno de sus antecedentes puede emularlo en el daño, ni siquiera el concebido por el poderoso Napoleón Bonaparte, que en 1806 impuso un bloqueo continental a Gran Bretaña. El emperador prohibió a casi toda Europa, que le temía a él como ahora teme a otro, comerciar con su rival —al que no podía vencer por mar— para estrangularlo económicamente.

Napoleón —como hace hoy la Ley Torricelli, que no ha podido vencernos «por mal»—, estableció el control sobre los puertos ajenos. Aquella «innovación» bélica, que no puede equipararse al cerco que sufre Cuba porque era un conflicto entre dos potencias por dominio regional, no dio resultado y en algo más de un año desapareció. En 55 años Cuba ha sufrido, al menos, a diez aprendices de emperadores estadounidenses que quieren imitar al francés.

Los nombres del genocidio

Peleado el nombre —embargo no, ¡bloqueo!— hay que ponerle apellido: genocida. El abogado polaco judío Rafael Lemkin, que en 1944 creó la palabra «genocidio» para describir la política nazi de exterminio, nos hubiera dado la razón. Él lo definía como «la puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento». ¿No parece una denuncia actual, cubana, contra la Casa Blanca?

La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, de 1948, incluye como tales los actos para destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, entre ellos lesión grave a la integridad física o mental de los miembros y sometimiento a condiciones de existencia que acarreen su destrucción física, total y parcial. ¿Hay un cubano que no sienta que se habla de su caso?

Como siempre, este genocidio es un acto de Gobierno, tanto como el Holocausto que segó la vida de casi seis millones de judíos. Nunca un pueblo es genocida; el norteamericano tampoco.

Una parte del crimen se asienta en los eufemismos. Así como los nazis llamaron «solución final de la cuestión judía» a su proyecto de exterminio total, las administraciones norteamericanas han inventado en casi dos siglos todo tipo de términos «suaves» para esconder el cuchillo.

«La manzana madura», de John Quince Adams —el mismo que habló de la «gravitación política» que nos condenaría a caer en terreno de una Unión que no queremos— o la «adquisición más interesante», según James Monroe, son apenas una muestra del cinismo imperial.

La ley de la trampa

El bloqueo es, a lo externo, lo mismo que aquí en la Isla impuso Valeriano Weyler: una reconcentración. Porque si con su proyecto de alambradas y fuertes el asesino hispano exigía rendirse y presentarse de hinojos en poblaciones bajo su dominio, y prohibía extraer víveres para cortar la comida a los rebeldes, EE.UU. hoy hace lo mismo. Weyler mató a 200 000 personas; en estas décadas sufrimos 3 478 muertos y 2 099 incapacitados, pero ¿quién dice que es todo el daño?

Por no tener ninguna, el imperio tiene varias morales y, mientras acorrala a Cuba, no recuerda que en 1916 advirtió a Francia que «los Estados Unidos no reconocen a ninguna potencia extranjera el derecho de poner obstáculos al ejercicio de los derechos comerciales de los países no interesados, recurriendo al bloqueo cuando no exista estado de guerra».

Una cosa ha de aclararse: el bloqueo no es a Cuba, al menos no así, a secas. La Cuba que hubo hasta todo el año 1958 no requería bloqueo, porque estaba mutilada como nación. Se bloquea a la Cuba de la Revolución, a la del ejemplo, a la «incómoda». No se hostiga a un pueblo impasible, sino al que coronó en un enero el vuelque de su país, iniciado con viejos machetes campesinos.

Desde abril de 1960 Lester D. Mallory, subsecretario adjunto para Asuntos Iberoamericanos, incluyó en penoso Memorando al desencanto, el desaliento, la insatisfacción económica, el hambre y la desesperación —todos ellos provocados desde el Norte— como armas para derrocar a otro Gobierno, el nuestro.

Y firmaron leyes y más leyes: de Ajuste Cubano, que incita a morir, y hasta a matar, en salidas ilegales; Torricelli, para impedir el comercio, y Helms-Burton para apretarnos. Y llovieron sabotajes, bandas armadas, invasión, atentados, ataque mediático, aislamiento diplomático, guerra biológica, robo de marcas…

Gloria y cicatrices

Buscar medicamentos y reactivos, instrumental e insumos, recambio para los aparatos, es siempre agónico cuando se alargan distancias y se acorta el tiempo del enfermo. Así ha vivido Cuba, que también tiene obstáculos para acceder a los mercados de alimentos. Nuestros pacientes de cáncer sufren las limitaciones del país para comprar equipos de radioterapia y braquiterapia, citostáticos y medicamentos biotecnológicos de pediatría. Y 20 000 cubanos mueren de cáncer cada año.

¿Quién castiga al asesino? El Estatuto de Roma de 1998 establece que el delito de genocidio es competencia de la Corte Penal Internacional y entiende como tal, entre otras cosas, la imposición intencional de condiciones de vida, privación de acceso a los alimentos, medicamentos, encaminados a causar la destrucción de parte de la población. Ahí está entonces, la Casa Blanca debe ser detenida y hacérsele una ficha de criminal en serie.

Sin embargo, con bloqueo, Cuba se trepa en sus palmas. Todavía vale recordar aquella anécdota de los durísimos ’90. En medio de la crisis de los balseros, uno de ellos llegó a la Base Naval de Guantánamo con una enfermedad infecciosa. ¿A quién creen ustedes que reclamó enseguida? ¡Al médico de la familia!

Son trozos de hidalguía criolla cuyo reconocimiento no escapa, ni siquiera, a quienes deciden irse. Es la misma hidalguía que García Márquez recogía en su crónica. En medio de la Crisis de Octubre —contaba él— una telefonista de Nueva York le dijo a una colega cubana que en Estados Unidos estaban muy asustados por lo que pudiera ocurrir.

«En cambio aquí estamos muy tranquilos —replicó la cubana—; al fin y al cabo, la bomba atómica no duele».

Desayuno en La Habana

El bloqueo está intacto, se llevó en el tiempo no solo al autor de Cien años de soledad, sino a miles de cubanos. Más de 50 años después, cuando salgo ya tarde de la redacción de Juventud Rebelde, tampoco puedo aspirar al desayuno que en lejana madrugada pidió Gabriel García Márquez.

¡Quién no quisiera, más que repetir aquel menú, caminar por las calles de La Habana, repasar la brisa salpicada del malecón, dejarse encañonar en una esquina con las flores de otra dulce cubana y toparse a un camarero aburrido que le dijera, con precisión inocente, que pida sin reserva, que esta vez lo que se llevó el carajo fue el bloqueo!

(Originalmente tomado de Juventud Rebelde)

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