Los gestos del amor en el concierto de Silvio(+ Fotos)

Publicado: 22 diciembre, 2014 en Cuba, Cultura
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El concierto 62 de la gira de Silvio por los barrios permitió asomarse a la cotidianidad de los Cinco por la que tanto lucharon este pueblo y muchos en el mundo: una familia unida

Yo no sé lo que es el destino,

caminando fui lo que fui.

Allá Dios, que será divino:

yo me muero como viví.

El Necio

Una tarde noche. Cinco hombres con las manos entrelazadas a sus seres queridos. La voz de Silvio, las canciones de una    generación, los versos del trovador convertidos en escudos para los Cinco en los momentos más difíciles de estos 16 años… la hora en que ellos cantaron junto a Silvio Rodríguez, fue quizá la más intensa. Fue la hora de hombres y mujeres felices y un pueblo entero también.

Silvio les pidió: «Arranquen a cantar conmigo» y Gerardo, René, Antonio, Fernando y Ramón pusieron los acordes más altos, esos que solo salen de lo profundo del alma. Ellos fueron el coro perfecto para el autor de La gota de rocío en su concierto número 62 — y que el trovador catalogó de 620 por el significado, por la magia.

«Para un pueblo de necios: El Necio», dijo Ramón y los instrumentos comenzaron a sonar. Los Cinco interpretaron como si hubiese sido la primera vez que esa letra les llegó de lo más profundo para espantar incertidumbres, para sostenerse en aquellas primeras horas de arresto y durante los duros días y meses que vinieron después.

Gerardo contó que esa canción se convirtió en el Himno de resistencia que se completa en el «orgullo inmenso de ser cubano y de ser revolucionario», comentó ante los cientos de personas reunidas en el parqueo del Estadio Latinoamericano, quienes no querían perderse el concierto. Esas cinco voces unidas, esos puños elevados, esos rostros radiantes…

De pronto la gente comenzó a corear un nombre, el único posible: «¡Fidel, Fidel!» y el gigante devino presencia porque lo prometió y aquí están, como se escuchó anoche.

Los Cinco también acompañaron a Silvio en La era y Pequeña serenata diurna… Sí, se les veía felices.

Cada canción hizo lo suyo. Las horas en un espacio tan especial revelaron los gestos de la nueva realidad, esos por los que tanto se batalló.

Adriana no pudo contener las lágrimas cuando Silvio cantó El dulce abismo, esa canción tan de ellos. Unas lágrimas en torrente, de felicidad, seguramente, por poder escucharla sosteniendo el brazo de su amado. Esa canción fue también la que estrechó a Elizabeth al pecho de Ramón, y con la que se miraron con una intensidad mayor, si acaso eso es posible, René y Olga. Tony parecía no poder quedarse en la silla.

¿Cuántas emociones los habrán recorrido anoche? Al hijo de Mirta se le vio bailando con su hermana Maruchi, cantando con Víctor Casaus, susurrando a su madre, a quien le sostenía la mano todo el tiempo que estaba a su lado; tomando fotos a Gerardo y Adriana, convidando a juntarse a los Cinco para cantar El Mayor, adelanto de lo que vendría después.

El concierto de Silvio se llenó de gestos entrañables: Ramón acariciando la cabeza de Lizbeth, su hija más pequeña; colocando la mano sobre la pierna de su esposa en gesto cómplice; Fernando pendiente de sus hermanos de causa, viviendo aquello que le faltaba con gesto contenido por la emoción, pero iluminado como cada uno de ellos. Las manos entrelazadas de Gerardo y Adriana, esa caricia mínima en sus manos, quizá un leve apretón para decirse sin cruzar palabras que este o aquel verso llegaron más hondo.

¿Cuántas veces participaron estas familias en conciertos por los suyos a lo largo de 16 años? ¿Cuántas veces desearon cantar esas canciones en su compañía? Vivir con ellos esas dos horas contagió de felicidad.

Elizabeth sostenía la mano de Ramón y no cesaba de acariciarlo aún con el meñique que no dejaba de moverse dentro de la mano de su esposo. Adriana dejaba de vez en cuando besos breves en la mejilla de Gerardo, le acariciaba el brazo. René y Olga se miraban y reparaban en sus dos hijas… ¡por fin la familia unida!

Aquel poema hecho canción, esa joya de la mirada del compositor sobre el mundo, cobró una mayor fuerza en el rostro de cinco personas inmensas. Qué maneras más curiosas de recordar tiene uno,/ qué maneras más curiosas:/ hoy recuerdo mariposas/ que ayer solo fueron humo,/ mariposas, mariposas/ que emergieron de lo oscuro/ bailarinas, silenciosas, entonó Silvio y la metáfora de su Mariposas estremeció a todos.

Fue como si debajo del pedacito de cielo habanero, el parqueo del Latino estuviera encima del mundo. El trovador cantó otras de sus canciones, de esas que acompañaron celdas de aislamiento total, donde se extrañaba el sol, la lluvia, la taza de café después del almuerzo, el olor del mar o aquella cálida mirada mañanera de los seres amados.

Como una suite de «pinturas musicales», el cantautor regaló «cuatro obritas» suyas: Dibujo de una mujer con sombrero, Óleo de una mujer con sombrero, Detalle de una mujer con sombrero y Mujer sin sombrero.

El público le pidió La maza y Silvio le obsequió, pegadito, otro de sus clásicos: Quién fuera. Allí fueron más intensos los acordes de la flautista Niurka González, del pianista Jorge Aragón, de los percusionistas Emilio Vega y Oliver Valdés, las cuerdas de Trovarroco, y el bajo de Jorge Reyes.

Con los Cinco aún en el escenario, Vicente Feliú cumplió una promesa: uno de los Cinco le quitaría la pulsera amarilla que llevaba en su brazo desde hace meses. Tony lo hizo por todos y junto a sus hermanos y al autor de Créeme levantó la voz para que los versos de Polo Montañés dejaran de ser un presagio. Regresaré se escuchó más alto que nunca y sobre todo en presente.

Segundos después de dejar el escenario, un Silvio emocionado comentó a la prensa: «Todo el mundo pensaba que era una batalla más larga, y lo había dicho. Pensaba que la batalla más larga iba a ser la de Gerardo. Pero todo esto es una sorpresa para todo el mundo. Fue una cosa que se llevó a cabo con mucha discreción. Pero una sorpresa maravillosa. Me parece que es un fin de año extraordinario.

«Le comentaba a un amigo, Guillermo Rodríguez Rivera, que cuando el 1ro. de enero de 1959, día del triunfo de la Revolución, él tenía 15 años y yo 12. Conversábamos (ambos) que no recordábamos unos días tan hermosos, luminosos y esperanzadores como estos», sentenció.

Una antesala bien emotiva ofreció David Torrens, quien fuera previamente invitado por Silvio a su periplo por los vecindarios cubanos. Torrens regaló temas conocidos de su repertorio como Tú, El bufón y el trágico, Sentimientos ajenos y Razones. Sus letras, llenas de un lirismo urbano y poético, fueron parte de ese júbilo colectivo. «Es muy lindo ver a la gente feliz, contenta… Es una cosa muy linda lo que está pasando y queremos que pasen muchas más cosas lindas», señaló a nuestro diario el artista.

Cuando se hizo noche cerrada y era hora del final, los Cinco agradecían a muchos y seguían aupados por el cariño. Silvio dijo que había sido «inolvidable, una maravilla» y en la memoria quedaron, sobre todo, los gestos del amor.

Tomado de diario Juventud Rebelde

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