Triquito, un vecino peculiar en Braulio

Publicado: 20 enero, 2015 en Cuba, Entretenimientos
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El gallo amaestrado de Braulio Coroneaux se «hace el muerto»

por Yariel Valdés González

Cuando uno lo ve desde la distancia parece uno más de su especie. A simple vista diría que resulta un gallo común. Aletea, picotea la tierra, canta en los amaneceres… En su físico nada sobresale demasiado: estatura mediana; ojos carmelitas; plumaje vistoso, pero no extraordinario; cresta en su lugar; nada le sobra ni nada le falta.

Sin embargo, al acercarse, y tras verlo en acción, uno comprende la insistencia de los habitantes de esta comunidad por apreciar el espectáculo que protagoniza este ser alado, tal vez el único en su especie (Gallus gallus domesticus) capaz de realizar todos los retos que su dueña le impone.

Actúa sin escenario y al aire libre, en los alrededores del edificio número uno, en la comunidad Braulio Coroneaux, perteneciente al municipio villaclareño de Cifuentes. Allí, justo en el apartamento tres, en el primer piso, vive Triquito y a su encuentro acuden los vecinos de este poblado para disfrutar de la sui géneris presentación.

Primer, segundo y tercer actos

Su dueña, Noralia Fernández Miraval, lo llama como si fuera uno más de sus hijos. «Ven con mami Triqui», le dice, y el gallo corre hacia ella como perro amaestrado. «A ver saca la patica pa’ adelante, como le gusta a mami, pa’ la foto», le ordena, y Triquito se queda inmóvil, erguido, como «congelado» sobre sus dos patas, en perfecta pose para los flashes. « ¡Qué lindo mi vida, qué lindo!», lo elogia.

«Lo más insólito –narra Noralia– es que él no aparea gallinas, sino chancletas.  A las gallinas las invita y come con ellas, pero cuando él va a «recoger», las obvia y va en busca de zapatos».

triquito-con-su-duenna-yvgTriquito obedece cada una de las peticiones de su dueña. Noralia lo invita a posar para las cámaras.

Para comprobarlo, alguien deja caer una Dupé y tras ella se moviliza ágil Triquito. Comienza el segundo acto. Le da unos picotazos. Aproxima sus plumas a las ligas de la chancleta. Comienza a rasparla desesperado con sus patas y espuelas.

Se engrifa todo; su cuerpo da signos de satisfacción y luce inmenso. En pleno proceso de «apareamiento» aparecen más espectadores que, impresionados por la escena, solo atinan a la risa.

Los machos como Triquito resultan quienes primero adquieren la madurez sexual, pues desde los cinco meses están listos para su reproducción, aunque este ejemplar nunca se ha apareado con una hembra de su misma especie. Al parecer, Triquito no perpetuará su linaje. «Como se crió en un ambiente familiar, dentro de la casa, pensamos que por eso no se acerca a las gallinas», justifica su dueña.

Luego le dice que es hora de dormir. «Quédate ahí, como muerto» y Noralia le baja la cabeza hasta que el pico le roza con el asfalto. Triquito flexiona sus patas y queda inclinado hacia adelante como si reverenciara a quienes vienen a verlo. No retoma la normalidad hasta que Noralia indica que ya concluyó el tercer acto.

En medio de los aplausos y antes de que concluya la singular función,  pregunto: ¿Quién le enseñó a hacer todas esas cosas?

-Todos -responde Noralia-. Mi esposo, mi suegro, el vecino de enfrente, Orlandito, quien también tiene paciencia para sentarse por la tardes con él, cuando viene del campo. Mucha gente trabaja con él, porque es muy manso; sin embargo no le gusta mucho que lo tengan cargado, le gusta estar suelto.

Uno más de la casa

Cuenta Epifania, la abuela del hogar, que desde pequeño Triquito se crió con su familia. «La gallina no lo quiso cuando nació, porque fue el último en salir y lo trajimos para acá y aquí entre la todos lo hemos cuidado, y se adaptó a vivir dentro de la casa».

Mi esposo lo trajo – rememora Noralia- y lo pusimos en un pañito en la hornilla eléctrica para darle calor poco a poco en una cajita, y así lo criamos.

En su hogar de acogida, Triqui anda a sus anchas. Pasea por cada rincón y le encanta acostarse en la cama de su dueña cuando la deja libre por las mañanas, sobre todo, si recibe las brisas del ventilador. «Él duerme encima de los contadores del edificio, a la entrada y nunca se lo han llevado porque todo el mundo lo quiere y lo reconoce por Triquito», advierte Epifania.

Como uno más en la casa, Triquito tiene su cuota de arroz, pues es lo que más le gusta comer. «Le damos maíz, pero el arroz crudo lo devora enseguida», dice una de las «hermanas», Isabel.

triquito-en-el-barrio-yvgSi uno llega al edificio número uno, en la comunidad Braulio Coroneax, en Cifuentes, puede encontrarse con este gallo maravilla, que se ha convertido en la mascota del poblado.

Noralia lo acoge en sus manos y mientras lo acaricia comenta que no pica a nadie y espera viva 15 años. Con 11 años cumplidos, Triquito ya superó ampliamente la expectativa de vida de esta ave, la más difundida en todo el mundo, pues, según la literatura consultada, solo suelen vivir entre cinco y diez años, en dependencia de la raza.

Pero como todo animal, Triquito también hace sus travesuras. Rememora Noralia que «en una ocasión pusimos un cake encima de la cama. Yo había lavado ese día. Tenía la ropa encima de la cama y el cake en una esquinita.  Allí en el cuarto de mi suegra hay un escaparate grande, con un espejo antiguo y se me queda la puerta abierta y cuando me acuerdo de Triquito ya estaba caminando por todo el cake y mirándose en el espejo. Paseó el cake completo y al entrar había dulce por todas partes».

Las risas se adueñan del momento, y en ese instante Noralia recuerda el día en que estaba fajado con el gallo del vecino a través de una cerca, uno a cada lado. «Cuando lo veo, lo llamo y enseguida me miró. Echó un vistazo al gallo y le dije “Triqui ven”, dejó la pelea y regresó enseguida».

Y como hay momentos divertidos, también los hay menos simpáticos. A Noralia ahora le viene a la mente el día en que, «unos graciosos» pelaron a su «hijo». «Me lo tusaron.  Solo le dejaron la pluma larga de la punta del rabo. Yo estuve una semana  llorando, por poco me enfermo. Nunca supe quien había sido, después no me interesó, porque no sabía lo que iba a hacer, pero sufrí hasta que no le salió la última plumita», comenta un poco apenada.

Mientras escuchaba las anécdotas, Triquito ya transitaba confiado por su barrio. Andaba por encima de la acera, y aún había personas que lo miraban, pero después de tanta algarabía, cámaras y público se merecía el descanso, ¿no? Se despoja de su coraza de artista y comienza a picotear en un cantero. Cualquiera diría que es un gallo común.

Tomado de periódico Vanguardia

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