A mi madre, una declaración de amor

Publicado: 11 mayo, 2015 en Cuba, Variada
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A mi madre, una declaración de amor

por Elizabeth López Corzo/Cubasí

Siempre que tengo que hablar sobre mi madre el discurso se convierte en una declaración de amor. Para mí es algo natural, lógico, incuestionable.

Si lo escribo o se lo digo personalmente siempre tendría que ser de esa forma. Cómo referirme a ella si no es con cariño, devoción, agradecimiento. Para ella cualquier cumplido es un tremendo regalo, una maravilla, una bendición, como si no supiera de sobra que se lo debo todo, que lo que soy hoy es gracias a ella y que mi vida ha sido feliz precisamente porque siempre ella ha estado a mi lado.

Probablemente sea el amor entre madre e hijos la única cosa eterna que podremos disfrutar en esta vida y en esta tierra. No importa qué edad tengamos, si vivimos fuera del hogar materno, si nos va bien en la vida, si sabemos hacer de todo, o si ya fundamos nuestra propia familia, porque las madres no dejan nunca de ocuparse de sus hijos.

Es como si, al momento del parto, ese cordón umbilical solo hubiese sido cortado de forma virtual porque la ligadura se mantiene para siempre. Podemos tener 30 años, 50, ser unos viejos, no importa…las madres- mientras vivan-estarán junto a nosotros dando su opinión, buscando la mejor solución, incluso imponiéndose.

Ellas no pueden evitarlo, y no es porque quieran entrometerse, sino porque necesitan desvivirse por nosotros, dedicarse, decirnos en todos los idiomas posibles que nos aman y que no importa lo que pase ni cuántos desaires podamos hacerles porque ellas no van a cejar en el empeño de protegernos y alertarnos ante cualquier problema.

Hace un poco vi un video que circuló por Internet, en el que, un supuesto empresario le hacía entrevistas de empleo mediante videoconferencias a una serie de hombres y mujeres que se postulaban para una plaza determinada. Durante las charlas el entrevistador explicaba que el puesto de trabajo era “peculiar”, que no había fines de semana libres ni recesos en cada jornada, que la exigencia era de 24 horas los 365 días del año.

Obviamente los postulantes se negaron a aceptar la plaza y aseguraron molestos que nadie en el mundo podía desempeñar un cargo de ese tipo sin descanso alguno. Al final del video el supuesto agente de empleo les dijo a los concurrentes quiénes eran las únicas personas que podían realizar ese trabajo y que además llevaban haciéndolo  toda la vida: las madres.

Desconozco los motivos por los que alguien se tomó el trabajo de hacer un video como este, supongo que era alguien que quería hacer reconocer el trabajo de ser madre, al menos desde un pequeño círculo. Estoy segura de que todos los que lo vieron pensaron más o menos lo mismo: que debían apoyar más a sus madres porque ellas lo han dado todo sin quejarse y sin distinguir hora o fecha del calendario.

A veces digo que estoy cansada, que necesito vacaciones, que no tengo ganas de trabajar u ocuparme de las cuestiones domésticas. Entonces pienso en mi madre, que todos estos años ha mantenido su casa en pie, que cocinaba, lavaba y limpiaba (como solo ella sabe hacerlo), que además tenía que llegar temprano a su trabajo y de regreso ocuparse de nosotros, siempre dispuesta, sin quejarse, sin que nos diéramos cuenta siquiera de si tenía dolor de cabeza. Entonces me avergüenzo y pienso en que debí apoyarla más en aquel tiempo. Por eso ahora, que soy adulta y autónoma económicamente me aguanto de vez en cuando la pereza y aunque no tenga ganas, le friego los platos antes de irme a mi casa.

Eso es poco para todo lo que ella ha hecho por mí. Cuánto le agradezco a mi madre que me haya criado para que fuera independiente. Creo que desde pequeña ella se percató del tipo de persona que yo quería y podía ser, y así me educó. Me siento privilegiada por haber tenido una infancia maravillosa, perfecta diría yo, rodeada de libros, yendo al cine o aprendiendo sobre el mundo que me rodeaba.

Al mismo tiempo en que vivía esa etapa feliz, mi madre nunca desperdició tiempo para enseñarme cómo defenderme en la vida. Desde pequeña me inculcaron el amor, el respeto y la consideración a la familia, los amigos y los demás que conocería en un futuro. Recuerdo en mi adolescencia cuando me dejó ir sola al cine por primera vez, o a la playa, o al Coppelia.

Hoy, que tengo una edad en la que ya me siento capacitada para ser madre yo también, pienso en cuando llegue ese momento en la vida de mis hijos y me pregunto si podré tener la ecuanimidad que ella tuvo para permitir que me enfrentara al mundo, sin dejar de quedarse preocupada en la casa.

Cuando yo aprendí a escribir le hacía postales a mi mamá el Día de las Madres, a ella le encantaban. Cuando fui un poquito mayor le preguntaba qué le hacía falta para regalarle en ese domingo de mayo. Ella nos respondía a mí y a mi hermano lo que casi todas las madres: “Lo que quiero es que se porten bien, que estudien y que ayuden en la casa.” Hoy ya no le pregunto, trato de buscarle algo, no que le haga falta, sino que le guste, que la sorprenda y que pueda recordar con alegría.

Por supuesto no dejo que cocine ni que haga nada en la casa, porque ese día es para ella. Todos los días tienen que ser para ella. Eso no es nada comparado con lo que ella ha luchado por que cada uno de mis sueños se haga realidad. Lo que más quiero es que ella pueda sentirse siempre orgullosa de mí.

Hoy pudiera imprimir este texto y dárselo de regalo en el Día de las Madres, pero siento un poco de inconformidad, no sé si he escrito lo suficientemente bien como para agradecerle todo lo que ella ha hecho por mí. En realidad nunca será suficiente, pero- como dije antes- para ella cualquier cosa es grande. Ella no pide nada, ella siempre da sin límites, sin condiciones porque, a pesar de cualquier contradicción o diferencia que podamos tener, de eso se tata ser madre, de perdonar y amar. Mi madre sí que sabe serlo.

 

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