Pedro Pablo Rodríguez: El peligro mayor está dentro de nosotros mismos

Publicado: 4 septiembre, 2015 en Cuba, Cultura, Internacional, Opinión, Política, Sociedad, USA
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bandera-de-cuba-en-washington-dc-580x361Originalmente publicado en Cubadebate

 

El 17 de diciembre del 2014 marcó sin dudas un hito trascendente en la historia de las relaciones de Cuba y los Estados Unidos. Los acuerdos divulgados en esa fecha entre los presidentes de ambas naciones dieron inicio a una dinámica diferente entre ambos gobiernos, a conversaciones oficiales dirigidas en un primer momento al restablecimiento de las relaciones diplomáticas – lo cual se hizo realidad el 20 de julio pasado- y a la voluntad de avanzar en el proceso de normalización de las relaciones entre ambos países.

Durante el Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, celebrado el pasado 27 de abril -el primero que se realiza luego del VIII Congreso de esta organización-, el primer vicepresidente Miguel Díaz Canel enfatizó la importancia de que la cultura cubana contribuya a que el país avance de la resistencia al desarrollo.

Un tema al cual brindaron atención los participantes en el evento fue precisamente el referido al devenir socio-cultural del país, a partir del nuevo escenario creado por los acuerdos del 17 de diciembre. El Portal Cubarte quiso unirse a este esfuerzo de reflexión y debate y para ello solicitó a un grupo de destacados intelectuales cubanos sus criterios sobre el tema.

Aquí les presentamos las respuestas del Dr. Pedro Pablo Rodríguez López.

¿Cuáles son a su juicio las principales influencias de la cultura  estadounidense en la cultura cubana? ¿Podemos hablar de  influencias positivas y negativas? ¿Considera Ud. que existen  algunas influencias en sentido inverso, o sea, de nuestra cultura  en la sociedad estadounidense?

Pedro Pablo Rodríguez.Todo pueblo, mucho más en la modernidad, ha recibido múltiples influencias de otros a lo largo de su proceso histórico de desenvolvimiento, al igual que también todo pueblo ha sido emisor de traspasos culturales hacia otros. En ocasiones pueden reconocerse las huellas de esos intercambios; mas los hay a veces de tanta antigüedad que resulta imposible precisar dónde se originaron elementos culturales compartidos.

En el caso de la cultura de Estados Unidos, su influencia se hizo sentir en Cuba crecientemente desde mediados del siglo XVII. Recordemos que en la toma de La Habana por los ingleses participaron tropas de las Trece Colonias, y que con la ocupación británica  se inauguraron sistemáticas relaciones comerciales con la Isla, que se extendieron hasta abarcar por toda la vida económica y la sociedad cubana durante los siglos XIX y XX, hasta que, tras el triunfo revolucionario, fue implantado el bloqueo económico que aún hoy padecemos.

Por tanto, las culturas materiales y espirituales estadounidense y cubana, así como las artísticas y literarias,  llevan más de dos siglos de intercambio, con la particularidad de que la venida del Norte se ha visto impulsada y favorecida por provenir de una nación en franca expansión tras su independencia, constituida en potencia mundial y con el predominio en ella de élites hegemonistas.  Mientras que la cultura cubana infiltrada en su vecino lo ha sido a contrapelo de aquellas condiciones desfavorables para sí, y con la intención durante largos períodos de  ofrecer una resistencia a ese hegemonismo conquistador.

La definición de cuáles influencias estadounidenses han tenido una significación positiva o negativa sobre nuestra patria exige un examen minucioso, que ha de atenerse siempre a las circunstancias de los procesos históricos, los cuales pueden modificar el sentido y el carácter de esas relaciones.

Por ejemplo, la esclavitud en el Sur de Estados Unidos  aumentó la ideología racista afincada en la esclavitud de la Isla y proveyó de esfuerzos prácticos y de argumentos y sentimientos anexionistas a ciertos sectores esclavistas cubanos y a sus clientelas. Sin embargo, el anexionismo admirador del sistema político y social propio del capitalismo norteño estadounidense, aunque aspiraba también a cortar el proceso formador de la nacionalidad cubana al pretender  también la anexión al Norte, se inclinó hacia la abolición de la esclavitud.

Ambas posturas compartieron la admiración y el deseo imitativo, y aunque los separara la consideración diferente ante la esclavitud, rechazaron por igual el colonialismo español y, sobre todo, el gobierno monárquico.

Otro ejemplo de esa ambivalencia de una misma influencia  bajo condiciones histórico-sociales diferentes las tenemos en la cultura económica del capitalismo. Durante buena parte del siglo XIX para muchos cubanos de diferentes sectores y clases sociales esa cultura económica resultaba más atractiva, y más provechosa, que la de la anquilosada metrópoli política. Sin embargo, a finales de aquella centuria y a lo largo de la siguiente hasta 1959, fue aumentando la conciencia entre sectores cada vez mayores que tal cultura  resultaba francamente nociva para las grandes mayorías y para la nación en su conjunto, pues constituía el basamento de la dominación y la dependencia hacia Estados Unidos en todos los sentidos.

En el terreno de la cultura artística y literaria, esta tuvo que constituirse como un proceso signado por la afirmación de la identidad cultural y nacional ante la cultura metropolitana, y luego, sobre todo en la primera mitad del siglo XX, resistir y desarrollarse frente al hegemonismo de la estadounidense.

Mas la cultura en todas las esferas y prácticas sociales es ejercida por personas y conglomerados sociales que nunca son exactamente iguales entre dos países ni tampoco al interior del mismo país  en que se manifiestan. Por eso a manera de ejemplo, los cubanos resultaron emprendedores y abiertos al mundo a la vez  que portadores de un fuerte sentimiento de identidad cultural aún en los propios momentos en que se hacía sentir la dependencia hacia Estados Unidos.

Sin dudas, ha habido un intercambio fructífero en la literatura y las artes entre ambas naciones. ¿Se concibe buena parte de la música de la una sin la de la otra? ¿No hay códigos del cine estadounidense asumidos por la cinematografía cubana, la que no obstante ello, tiene un fuerte sentido propio? ¿Qué decir de la radio, la televisión y el periodismo? ¿Y hasta en ciertas  zonas y momentos de la literatura cubana no se nota esa presencia de la norteña?

Y aunque aún está por estudiar y quizás haya que esperar a que el desarrollo del asunto alcance mayor madurez, ¿qué ha sucedido con la migración cubana a Estados Unidos y su destaque dentro de la ancha corriente de inmigrantes de Hispanoamérica?

¿Qué preocupaciones sobre la cultura cubana, a la luz del cambio en cuanto a las relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y  Cuba, considera relevantes? ¿Cuál sería el peligro mayor?

PPR.- La pregunta ya se sitúa ante el peligro. Verdaderamente hay más de uno. Quizás el mayor sea el mimetismo que aún queda entre nosotros, y que de alguna manera ha crecido durante los últimos años, aprovechando el descontento y las desesperanzas que han hecho presa en algunos. Pero el peligro mayor, a mi juicio, está dentro de nosotros mismos. O somos capaces de efectivamente extirpar males que tienden a hacerse endémicos (como la corrupción, el burocratismo y la ineficiencia), o muchos, quizás demasiados, mirarán a la cultura del capitalismo como la salida, aunque ellos terminen socialmente excluidos, y los índices de desarrollo humano caigan vertiginosamente hasta que la miseria sustituya a la pobreza.

¿Qué papel juega el histórico antimperialismo de los cubanos en este proceso?

PPR.-Fundamental. Pienso en el antimperialismo verdadero, no en los clichés acerca de su maldad. Pienso en el antimperialismo que quiere defender la patria soberana que sí tenemos, a pesar de los graves problemas que nos rodean.  Pienso en el antimperialismo capaz de buscar aliados en el mundo y de ser solidario con  los procesos de cambios a favor de los pobres, de los oprimidos, de los olvidados.

¿El impacto cultural que conlleva el incremento de las relaciones  entre ambos países debe dejarse a la espontaneidad? ¿Cual debería  ser el papel de las instituciones culturales cubanas en la conducción de ese proceso?

PPR.- Nada puede ser dejado a la espontaneidad, aunque tampoco esta debe ser impedida en nombre de los carriles de las normas burocráticas. Las instituciones culturales cubanas deben buscar y favorecer el intercambio con aquellas de Estados Unidos —así como con los creadores como individuos—, que demuestren respeto por nuestra cultura, nuestras ideas y nuestras voluntades. No hay por qué admitir imposiciones, vengan de donde vengan. Y quizás más que conducir, creo que se trataría para las instituciones cubanas de orientar y abrir caminos: una cultura nacional, socialista, humanista solo puede ser practicada con talento, originalidad, vigor y autoctonía, en primer y fundamental  lugar, por los propios creadores. Sobre estos es sobre quienes recae esa enorme responsabilidad y ellos serán quienes, a la larga o a la corta, decidirán los caminos de semejante proceso.

El Consejo aprobó la creación de un Grupo de trabajo que dará seguimiento a este tema. ¿Cuáles serán los objetivos y funciones del mismo? 

PPR.-Esas definiciones corresponden al Consejo, donde hay una pléyade notable de creadores y artistas de primera línea, quienes, a la vez, están obligados a ser receptivos de las opiniones y sentimientos del sector social que representan. Solo me atrevería, pues, que hay que solicitar, escuchar y atender a los afiliados a la Uneac, que son su razón de ser institucional.

¿Desea agregar algo más sobre el tema?

PPR.-Dos cosas. La primera, que estas preguntas implican un nivel de análisis que ha de tomar más tiempo y espacio. Luego, de alguna forma, estas son respuestas al vuelo, que podrían variar en algún sentido con una meditación más larga. La segunda:  hay que abrir más el debate, que, por cierto, hace rato está en las calles, y a lo mejor no ceñir tanto las respuestas desde la formulación de las preguntas.

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