¡Dime que sí!

Tomado de Cubahora.

“El que quiere puede”, insiste un joven que por quinta vez le pide el número de teléfono a una muchacha en la ruta 179. Ella sonríe educadamente y repite su negativa, esta vez con mayor énfasis: “Claro que puedo, pero no me interesa. ¿Tú no tienes un sexto sentido para saber cuándo parar?”.

Él ríe a desgano, calla un ratico, y cuando toma aire para arremeter de nuevo, ella se pone de pie y pide permiso para bajarse en la próxima parada. La hermosa cara varonil es un poema: Parece que el NO había sido expulsado de su menú personal desde pequeñito y ahora no sabe cómo digerirlo.

Para disimular una sonrisa, escondo la cara en el libro que apenas leo desde que comenzó la típica escena de conquista compulsiva. ¿Será que las tácticas no evolucionan, aunque las respuestas hayan cambiado tanto en las últimas décadas?

“Ese reflejo lo aprendimos antes que las letras”, me había explicado Avelino, promotor de Prosalud hace más de una década, cuando hablamos de esa manía masculina de bajar una muela bizca a cualquiera que entre en su radar erótico, incluso si nueve de diez respuestas serán desfavorables.

Viene a mi mente la figura de aquel adolescente matancero que conocí en un campismo en Playa Girón. Insistió tanto en mantener correspondencia que le di el número del apartado postal de mi abuela. Todas las semanas tenía varias cartas de él, y en todas insistía en visitarme, a pesar de mis evasivas.

Una tarde llegó mi mamá corriendo con cara de quien ha visto al Diablo: “¡Tu pretendiente está cerca! Acabo de verlo preguntar por ti a pocas cuadras. Anda peinando Regla hace tres días, así que no vas a librarte de verlo”.

Como el pueblo es chico y su persistencia fue grande, pronto tuve a aquel adolescente frente a mi jardín, y me dio tanta lástima que lo dejé pasar. ¡Ah, lamentable musa de los arrepentimientos!: Durante varios meses me visitó todos los fines de semana, tronchando los pocos planes que podía hacer una estudiante preuniversitaria de esos tiempos.

Juro que yo no alimenté sus esperanzas. No acepté regalos ni lo alenté con besos o miraditas tiernas. Sentados frente a frente en la sala de mi casa, no fueron pocas las veces que tomé un libro para distraerme en su propia cara. Cuando insistió en llevarme a caminar por el Malecón, invité a mi mamá, pero él trajo a su hermano mayor para neutralizar a la chaperona con propuestas casi escandalosas.

Sábado tras sábado, aquel muchacho se entronaba en el butacón junto a la puerta y desgranaba un largo discurso lleno de citas poéticas y promesas de futuro. Yo tenía para entonces un Doctorado en Rechazos, pero todos caían en saco roto. Su amor era tan fuerte, decía él, que podría sobrevivir a la ausencia del mío, pues confiaba que un día cubriría mi corazón, como la húmeda hiedra, para inundarlo de anhelos…

Una de esas tarde-noches su inspiración iba in crescendo a la par de mi desespero de plaza sitiada. En silencio lo miré fijamente, asombrada de lo lejos que puede llegar un ego sin bridas ni autoestima. Como a las tres horas su discurso se hizo tan encendido, tan desbordante, taaan denso, que mi hermano mayor salió todo despeinado y en calzoncillos de su cuarto, contiguo a la sala, y tomando las manos del asustado muchacho me gritó: “¡Coño, Mierma, acaba de decirle que sí a este tipo, o se lo digo yo!!!!”.

Creo que fue la última vez que visitó nuestra casa.

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